martes, 27 de octubre de 2015

Si quiero ir a la moda necesito una pistola

Varias veces he intentado ponerme a escribir. El problema es que durante el día, en muchos instantes, empiezo a pensar en cosas diferentes según lo que estoy viviendo. Y pienso: voy a escribirlo. Evidentemente, ese momento ya pasó. Cuando voy a escribir ya he olvidado todo pensamiento previo. En parte me da rabia, porque me gustaría plasmar lo que me pasa por la mente en X momentos o en X situaciones.

Durante estos días en Delhi he pensado y me he preguntado sobre la confianza. Confianza quizá no es la palabra. Quizá es el cómo vemos a los demás y cómo nos ven los demás a nosotros. Haciendo ahínco en la relación entre las personas turistas y autóctonas de cada lugar, en Delhi me dio la sensación que somos, los turistas, carne de cañón. En una medida extrema. DEMASIADO. Intentan exprimir al turista, de la manera que sea, sin piedad, sin verlo como un ser humano, sino como una esponja, hay que extraer lo máximo, es un billete andante. Realmente me entristece ver lo que vi en Delhi. Personas amables que te ven perdida y te quieren ayudar, te preguntan qué necesitas, tan amablemente que es inevitable pararse a explicar tu necesidad. En seguida te intentan atraer para intereses propios, y si no es así, para intereses de la mafia, porque tienen una puta mafia montada que desquicia.

Realmente me sentí, a parte de estúpida e indignada, dolida, sorprendida y decepcionada. Sin ganas de volver a Delhi. Es agotador. Constantemente se te acercan personas con palabras y sermones con un solo objetivo: sacarte todo lo que puedan y como puedan. No saben lo que es el respeto o la piedad. Me avergüenza tener que utilizar estas palabras en esta situación o contexto.

Solamente de pensar en volver a Delhi se me van todas las ganas. Es agotador tanto físicamente como psicológicamente. No hay momento de descanso, constante tensión, estar alerta de cualquier palabra, indicación, comentario. Saberlos atajar a tiempo, de la mejor manera, saber decir NO, pensar a la vez que escuchas la información (falsa) que te están transmitiendo y hacer frente a esa situación. Es terrible. Agotador.
Es terrible no poder confiar en nadie. Es terrible encontrarte en una ciudad donde no conoces nada, no conoces a nadie, necesitas comprar unos simples billetes de tren y conseguirlo es una odisea. En Delhi no puedes preguntar, no puedes dudar. En Delhi tienes que disimular y hacer ver que lo sabes todo, que conoces todo, que no necesitas ayuda. Para sobrevivir en Delhi tienes que ser una super heroína o un super héroe. E ir con preparación previa. Aunque realmente hasta que no te encuentras en la situación, hasta que no lo vives, puedes saber mucho de la teoría, que a la práctica te acaban estafando igual, ya sea vendiéndote un tour, o ya sea haciéndose pasar por revisores de billetes fuera de la estación (con carné falso) donde te mandan a una Agencia de turismo falsa, y de donde sacan comisión, evidentemente. Patético. Decepcionante.

Entiendo que el turismo es una gran fuente de ingresos, pero por otro lado, al turismo hay que cuidarlo también. Yo ahora mismo, y por desgracia, tengo una muy mala imagen de Delhi, y nunca recomendaría llegar a Delhi como primer destino de la India. Antes recomendaría llegar a Calcuta o Bombay, donde seguramente el impacto no deja indiferente a nadie, pero al menos las estafas (en Bombay no lo sé) no son tan descaradas como en Delhi. Por suerte el resto de la India (lo poco que he podido conocer del norte, y que me lleva a pensar que puedo hacer referencia a la India en general),  no es así. Sí que, evidentemente como turista que te ven, te intentan cobrar más por ejemplo por la ropa y transporte, pero si ven que sabes de qué va el tema, ceden, es otro rollo más de regateo de precios, de juego. No de estafa sin juego, con la intención de destruir al prójimo. Bueno, no destruirlo. Dejarlo lo más pelado posible. Delhi para mí ha sido otro mundo, una decepción respecto al ser humano. Hasta dónde somos capaces de llegar para conseguir más dinero? Creo que no hay límite. Somos patéticos.

Viajas a otro país con intención de conocer lugares nuevos, personas, cultura... y qué pasa? Sólo les interesa tu puto dinero. No quiero generalizar, evidentemente, pero es la sensación que tengo en general aquí. Nadie te ayuda a cambio de nada; o personas contadas (y alguna puedo contar). Pero la tónica es dar siempre para recibir. Diría que "espero que solo sea con los y las turistas", pero entraría en contradicción con mis ideales. Somos todos iguales, seamos turistas o autóctonos. Lo único que nos diferencia es nuestro rol, nuestro papel, en cada situación, lugar y momento. De ser humano a ser humano, deberíamos dar, ayudar, sin esperar algo a cambio. El "algo a cambio" tendría que ser la propia satisfacción de haber podido ayudar a el prójimo, de haber sido útil para un bien ajeno. Eso tendría que ser el "cambio" que buscamos. Pero no, siempre está  ahí el maldito dinero, el maldito materialismo para romper esta harmonía entre los seres humanos. Para deshumanizarnos y convertirse en el mayor poder.


El mayor poder tendrían que ser la solidaridad, la bondad, la empatía. Llenarnos del bien ajeno, el cual podemos contribuir a crearlo, a fortalecerlo.

Os animo a intentarlo ;)

8

sábado, 10 de octubre de 2015

Bodh Gaya, ciudad donde el príncipe Siddharta se inspiró y habría de convertirse en Buda.
10/10/2015.

Veníamos desde Calcuta y nos hemos dormido. Así que nos hemos parado en la primera parada y hemos cogido el primer tren en dirección contraria. Aún me cuesta asimilar, o mejor dicho intentar hacerme la idea, de la cantidad de personas que estábamos en el tren (la mayoría hombres). Y los que subían (no sé cómo) parada tras parada. Realmente ha sido muy agobiante. Al principio nos lo tomamos a risa, todos nos miraban, hacían comentarios y se reían. Nosotras también reíamos, no para acompañarles, sino por la situación en si. Después de un rato ya más de una hora de pie, rodeadas de indios, calor, todos apretujados y las mochilas de un lado para otro... la cosa ya no era tan divertida. Sólo pensábamos en llegar al alojamiento y descansar.

Una vez alojadas, duchadas y descansadas, hemos ido a comer y a dar un pequeño paseo por Bodh Gaya, para situarnos un poco. Realmente me ha animado muchísimo. No sé si el ambiente más calmado y natural, o el hecho de volver a sentir a infantes cerca. Durante nuestro paseo por Bodh Gaya, nos hemos adentrado un poco en el pueblo, y eran como las seis de la tarde, así que había ambientillo por la calle. A parte de muchas vacas, también había muchísimas niñas y niños, cada cual más amigable. "Hello" nos decían, con una sonrisa PRECIOSA. Nos miraban, nos seguían, nos saludaban. Jugando, yendo en bici, riendo... Me he animado. Hacía muchos días que no estaba en contacto con este sector de población: niñas y niños. Supongo que hasta ahora no he sido consciente de lo que me transmiten. Verles sonreír, ver su naturalidad,  su miedo y a la vez curiosidad por aquello nuevo, su observación detallada de todas las cosas, su simplicidad, su pureza. Quizá suena a tontería, pero me ha dado energía pasear por estas humildes calles y establecer estas momentáneas relaciones con estas pequeñas, y tan grandes personitas. Debo reconocer que durante el camino de vuelta me ha entrado mucha nostalgia de Guatemala, de mis niñas y niños del Cau, de estar en un casal, o simplemente de estar con estas personas que tanto me enseñan y me aportan. Supongo que las y los necesito más de lo que soy consciente. El poder de una sonrisa... y la energía que puede llegar a transmitir la sonrisa pura de un niño o una niña. Es increíble, y aún me cuesta creer que una cosa tan simple me haya animado tanto. Al final se refuerza eso que dicen que lo importante está en los pequeños gestos, en las pequeñas cosas.

A  veces pienso que el potencial humano se encuentra en los primeros años de edad, y que a medida que nos hacemos mayores y que maduramos (?) el mundo, el contexto, los ideales, la vida... nos corrompe. Esa pureza con la que nacemos se va desvaneciendo con el paso de los años. Quizá el conocimiento del funcionamiento del mundo hace que queramos formar parte de él (sin pararnos a pensar que ya formamos parte de él y que no debemos cambiar quien somos por eso), pero somos tan débiles (o fuertes) que aspiramos a esa generalidad, normalidad, o como sea, perdiendo la pureza de nuestro ser. Eso es madurar? Perdernos en nuestra no-esencia?

Disculpad, pero espero no madurar nunca. Seré siempre una niña alocada y risueña, de esas a las que no le importa decir una broma que a nadie le haga gracia, o que la miren como diciendo: "Madura ya, por favor". Para qué tanta prisa en que maduremos? La vida ya nos hará crecer, pero si maduramos mucho nos caemos, así que prefiero estar verde durante mucho tiempo, y que mi madurez sea directamente mi caída, o que me arranquen verde. Pero no quiero arrugarme y volverme dulce por dentro, para caer y que me coman los bichos. 

Quiero reír y hacer reír, aprender y enseñar aprendiendo de los demás. Llorar, aprender de la tristeza, y volver a sonreír. Porque siempre, por muy oscuro que esté todo, queda una estrella en la oscuridad. Podemos ayudarla a brillar más, o podemos colocarnos a su lado, darle la mano, y brillar las dos; intentando ayudar a que cada ser extraiga de si mismo la luz, haciendo que nos acompañen, y así crear un pequeño (pero infinito) universo. Pero sobretodo quiero aprender de mis mejores maestras y maestros: los infantes. Quiero que me enseñen a ser pura, me ayudan a no apagar mi fuego interior, porque ellas y ellos la avivan a cada momento que comparten conmigo. Hoy me he dado cuenta de cuánto les hecho de menos. 

Gracias, niñas y niños de Bodh Gaya por recordarme el valor de una sonrisa (sin connotar valor en medida monetaria). Gracias por reavivar mi fuego interno, y por hacerme sentir, por unos minutos, una nostalgia enorme de momentos de mi vida con niñas y niños.

Es increíble todo lo que proporcionan unas sonrisas! Una derivada mental como esta que acabo de escribir.

Eso sí, nada de lo que he escrito lo he maquillado. 
Así lo siento, así lo vivo. 



8