Bodh Gaya, ciudad donde el príncipe Siddharta se inspiró y habría de convertirse en Buda.
10/10/2015.
Veníamos desde Calcuta y nos hemos dormido. Así que nos hemos parado en la primera parada y hemos cogido el primer tren en dirección contraria. Aún me cuesta asimilar, o mejor dicho intentar hacerme la idea, de la cantidad de personas que estábamos en el tren (la mayoría hombres). Y los que subían (no sé cómo) parada tras parada. Realmente ha sido muy agobiante. Al principio nos lo tomamos a risa, todos nos miraban, hacían comentarios y se reían. Nosotras también reíamos, no para acompañarles, sino por la situación en si. Después de un rato ya más de una hora de pie, rodeadas de indios, calor, todos apretujados y las mochilas de un lado para otro... la cosa ya no era tan divertida. Sólo pensábamos en llegar al alojamiento y descansar.
Una vez alojadas, duchadas y descansadas, hemos ido a comer y a dar un pequeño paseo por Bodh Gaya, para situarnos un poco. Realmente me ha animado muchísimo. No sé si el ambiente más calmado y natural, o el hecho de volver a sentir a infantes cerca. Durante nuestro paseo por Bodh Gaya, nos hemos adentrado un poco en el pueblo, y eran como las seis de la tarde, así que había ambientillo por la calle. A parte de muchas vacas, también había muchísimas niñas y niños, cada cual más amigable. "Hello" nos decían, con una sonrisa PRECIOSA. Nos miraban, nos seguían, nos saludaban. Jugando, yendo en bici, riendo... Me he animado. Hacía muchos días que no estaba en contacto con este sector de población: niñas y niños. Supongo que hasta ahora no he sido consciente de lo que me transmiten. Verles sonreír, ver su naturalidad, su miedo y a la vez curiosidad por aquello nuevo, su observación detallada de todas las cosas, su simplicidad, su pureza. Quizá suena a tontería, pero me ha dado energía pasear por estas humildes calles y establecer estas momentáneas relaciones con estas pequeñas, y tan grandes personitas. Debo reconocer que durante el camino de vuelta me ha entrado mucha nostalgia de Guatemala, de mis niñas y niños del Cau, de estar en un casal, o simplemente de estar con estas personas que tanto me enseñan y me aportan. Supongo que las y los necesito más de lo que soy consciente. El poder de una sonrisa... y la energía que puede llegar a transmitir la sonrisa pura de un niño o una niña. Es increíble, y aún me cuesta creer que una cosa tan simple me haya animado tanto. Al final se refuerza eso que dicen que lo importante está en los pequeños gestos, en las pequeñas cosas.
A veces pienso que el potencial humano se encuentra en los primeros años de edad, y que a medida que nos hacemos mayores y que maduramos (?) el mundo, el contexto, los ideales, la vida... nos corrompe. Esa pureza con la que nacemos se va desvaneciendo con el paso de los años. Quizá el conocimiento del funcionamiento del mundo hace que queramos formar parte de él (sin pararnos a pensar que ya formamos parte de él y que no debemos cambiar quien somos por eso), pero somos tan débiles (o fuertes) que aspiramos a esa generalidad, normalidad, o como sea, perdiendo la pureza de nuestro ser. Eso es madurar? Perdernos en nuestra no-esencia?
Disculpad, pero espero no madurar nunca. Seré siempre una niña alocada y risueña, de esas a las que no le importa decir una broma que a nadie le haga gracia, o que la miren como diciendo: "Madura ya, por favor". Para qué tanta prisa en que maduremos? La vida ya nos hará crecer, pero si maduramos mucho nos caemos, así que prefiero estar verde durante mucho tiempo, y que mi madurez sea directamente mi caída, o que me arranquen verde. Pero no quiero arrugarme y volverme dulce por dentro, para caer y que me coman los bichos.
Quiero reír y hacer reír, aprender y enseñar aprendiendo de los demás. Llorar, aprender de la tristeza, y volver a sonreír. Porque siempre, por muy oscuro que esté todo, queda una estrella en la oscuridad. Podemos ayudarla a brillar más, o podemos colocarnos a su lado, darle la mano, y brillar las dos; intentando ayudar a que cada ser extraiga de si mismo la luz, haciendo que nos acompañen, y así crear un pequeño (pero infinito) universo. Pero sobretodo quiero aprender de mis mejores maestras y maestros: los infantes. Quiero que me enseñen a ser pura, me ayudan a no apagar mi fuego interior, porque ellas y ellos la avivan a cada momento que comparten conmigo. Hoy me he dado cuenta de cuánto les hecho de menos.
Gracias, niñas y niños de Bodh Gaya por recordarme el valor de una sonrisa (sin connotar valor en medida monetaria). Gracias por reavivar mi fuego interno, y por hacerme sentir, por unos minutos, una nostalgia enorme de momentos de mi vida con niñas y niños.
Es increíble todo lo que proporcionan unas sonrisas! Una derivada mental como esta que acabo de escribir.
Eso sí, nada de lo que he escrito lo he maquillado.
Así lo siento, así lo vivo.
8
10/10/2015.
Veníamos desde Calcuta y nos hemos dormido. Así que nos hemos parado en la primera parada y hemos cogido el primer tren en dirección contraria. Aún me cuesta asimilar, o mejor dicho intentar hacerme la idea, de la cantidad de personas que estábamos en el tren (la mayoría hombres). Y los que subían (no sé cómo) parada tras parada. Realmente ha sido muy agobiante. Al principio nos lo tomamos a risa, todos nos miraban, hacían comentarios y se reían. Nosotras también reíamos, no para acompañarles, sino por la situación en si. Después de un rato ya más de una hora de pie, rodeadas de indios, calor, todos apretujados y las mochilas de un lado para otro... la cosa ya no era tan divertida. Sólo pensábamos en llegar al alojamiento y descansar.
Una vez alojadas, duchadas y descansadas, hemos ido a comer y a dar un pequeño paseo por Bodh Gaya, para situarnos un poco. Realmente me ha animado muchísimo. No sé si el ambiente más calmado y natural, o el hecho de volver a sentir a infantes cerca. Durante nuestro paseo por Bodh Gaya, nos hemos adentrado un poco en el pueblo, y eran como las seis de la tarde, así que había ambientillo por la calle. A parte de muchas vacas, también había muchísimas niñas y niños, cada cual más amigable. "Hello" nos decían, con una sonrisa PRECIOSA. Nos miraban, nos seguían, nos saludaban. Jugando, yendo en bici, riendo... Me he animado. Hacía muchos días que no estaba en contacto con este sector de población: niñas y niños. Supongo que hasta ahora no he sido consciente de lo que me transmiten. Verles sonreír, ver su naturalidad, su miedo y a la vez curiosidad por aquello nuevo, su observación detallada de todas las cosas, su simplicidad, su pureza. Quizá suena a tontería, pero me ha dado energía pasear por estas humildes calles y establecer estas momentáneas relaciones con estas pequeñas, y tan grandes personitas. Debo reconocer que durante el camino de vuelta me ha entrado mucha nostalgia de Guatemala, de mis niñas y niños del Cau, de estar en un casal, o simplemente de estar con estas personas que tanto me enseñan y me aportan. Supongo que las y los necesito más de lo que soy consciente. El poder de una sonrisa... y la energía que puede llegar a transmitir la sonrisa pura de un niño o una niña. Es increíble, y aún me cuesta creer que una cosa tan simple me haya animado tanto. Al final se refuerza eso que dicen que lo importante está en los pequeños gestos, en las pequeñas cosas.
A veces pienso que el potencial humano se encuentra en los primeros años de edad, y que a medida que nos hacemos mayores y que maduramos (?) el mundo, el contexto, los ideales, la vida... nos corrompe. Esa pureza con la que nacemos se va desvaneciendo con el paso de los años. Quizá el conocimiento del funcionamiento del mundo hace que queramos formar parte de él (sin pararnos a pensar que ya formamos parte de él y que no debemos cambiar quien somos por eso), pero somos tan débiles (o fuertes) que aspiramos a esa generalidad, normalidad, o como sea, perdiendo la pureza de nuestro ser. Eso es madurar? Perdernos en nuestra no-esencia?
Disculpad, pero espero no madurar nunca. Seré siempre una niña alocada y risueña, de esas a las que no le importa decir una broma que a nadie le haga gracia, o que la miren como diciendo: "Madura ya, por favor". Para qué tanta prisa en que maduremos? La vida ya nos hará crecer, pero si maduramos mucho nos caemos, así que prefiero estar verde durante mucho tiempo, y que mi madurez sea directamente mi caída, o que me arranquen verde. Pero no quiero arrugarme y volverme dulce por dentro, para caer y que me coman los bichos.
Quiero reír y hacer reír, aprender y enseñar aprendiendo de los demás. Llorar, aprender de la tristeza, y volver a sonreír. Porque siempre, por muy oscuro que esté todo, queda una estrella en la oscuridad. Podemos ayudarla a brillar más, o podemos colocarnos a su lado, darle la mano, y brillar las dos; intentando ayudar a que cada ser extraiga de si mismo la luz, haciendo que nos acompañen, y así crear un pequeño (pero infinito) universo. Pero sobretodo quiero aprender de mis mejores maestras y maestros: los infantes. Quiero que me enseñen a ser pura, me ayudan a no apagar mi fuego interior, porque ellas y ellos la avivan a cada momento que comparten conmigo. Hoy me he dado cuenta de cuánto les hecho de menos.
Gracias, niñas y niños de Bodh Gaya por recordarme el valor de una sonrisa (sin connotar valor en medida monetaria). Gracias por reavivar mi fuego interno, y por hacerme sentir, por unos minutos, una nostalgia enorme de momentos de mi vida con niñas y niños.
Es increíble todo lo que proporcionan unas sonrisas! Una derivada mental como esta que acabo de escribir.
Eso sí, nada de lo que he escrito lo he maquillado.
Así lo siento, así lo vivo.
8
No hay comentarios:
Publicar un comentario