domingo, 13 de diciembre de 2015

Ángeles y Demonios

Ayer tuve la oportunidad de participar en las actividades en una ONG en Kathmandu. Gracias a una profesora de la Universidad (UVIC) me puse en contacto con una pareja de catalanes (profesores de la UVIC también) que forman parte de diversas ONG's aquí. No dispongo de una larga estancia aquí, por lo tanto es difícil en una semana participar en algún proyecto o ser voluntaria en alguna ONG, básicamente porque buscan personas que dispongan de meses.

No era mi caso, y era consciente de ello, pero por mínimo que fuera tenía ganas de ver la realidad de aquí, de participar aunque fuera mínimamente, y gracias a ellos ayer pude hacerlo. Con un día, unas horas, evidentemente el trabajo, el aprendizaje, no es aquello que podamos definir como "experiencia", aunque sí que me sirvió como un primer acercamiento a una cruda realidad en la que viven diariamente niños y niñas que, por desgracia, no gozan de un techo, comida e higiene diarias, ni de una educación contínua ni de calidad.

El lugar se encuentra a unos tres cuartos-una hora de Thamel o el centro de Kathmandu. Cogimos un mini-bus y llegamos a "Chuchepati". Allí a parte de ciudad, también encontramos un campo lleno de tiendas, las viviendas de estos niños y niñas y sus familias.  Antes de llegar a la escuela ya vinieron a nuestro encuentro. Nos preguntaron de donde eramos. Una niña me toca para que me gire y me dice: "Holaquetalcomoestás?" (me quedé alucinando y pensando: empezamos bien! jaja). Entramos a la escuela (una tienda grande donde había dos pizarras, un mapamundi dibujado por ellos y donde en España (único país del mapamundi donde había algo escrito) ponía "football", unos pocos juegos de mesa, y un poco de material de dibujo y pintura. También había algunos dibujos colgados en unas cuerdas que atravesaban la escuela transversalmente. Pude comprobar que dibujan muy bien.

Empezamos las actividades que habíamos preparado. Les repartimos unas "medallas" de cartulina en blanco, donde tenían que dibujar lo que quisiesen. Posteriormente, salimos de la Escuela y empezamos a hacer las actividades que habíamos planificado, que eran los Juegos Olímpicos Nepalís. No había un número concreto de infantes, sino que iban, venían, era un descontrol. Eso es difícil a la hora de hacer actividades, pero por suerte, habíamos decidido no hacer grupos, sino todos juntos, y eso ayudó a """""disminuir""""" ese descontrol, ya que, por ejemplo en la primera prueba, que era correr alrededor de la escuela, lo hicieron todos a la vez, luego realizamos salto de largada, así que se ponían en fila (evidentemente descontrolada), y uno por uno iban saltando. 

Intentamos apuntar para ver quien "ganaba" (que tampoco era el objetivo), pero en seguida decidimos que no apuntaríamos, "que fluya". Pero al vernos con el papel y el bolígrafo en la mano, se motivaron y empezaron a apuntar. Además el más motivado era el monitor, que en seguida cogió el papel y se puso a tope en la competición.

Durante el transcurso de estas actividades (que habían tres más pero no nos dio tiempo a realizarlas), aproveché para observar a aquellos infantes alejados de la mano de Dios. Aquellos infantes sucios, desaliñados, brutos, violentos, tiritando de frío, con la nariz llena de mocos sin limpiar, vestidos con prendas más pequeñas de las que necesitan. Aquellos infantes alejados de la mano de Dios pero que, detrás de esas miradas infinitas y ausentes, tienen una sonrisa sincera, pura. Porque por suerte, y por desgracia, en su inocencia saben disfrutar de la vida. Quizá ésta no les ha sonreído mucho, pero ellos aprovechan estos momentos lúdicos, estos momentos de paréntesis, para sonreírle, para jugar, para buscar la calidez de la que no disponen durante las 24 horas del día. Momentos en que salen de su rutina, momentos en que desconectan de su cruda realidad. 

También observé el trato que daban la monitora y el monitor de allí. Les trataban bruscamente, les gritaban, e incluso la monitora les pegaba. No había ningún tipo de motivación. Por otro lado, dentro de su propia motivación, el monitor les animaba cuando saltaban. En cambio la monitora hacía lo contrario. Incluso no permitió que una chica saltara ya que "ella no sabe. No puede". Y la niña quería hacerlo. Me revienta que los adultos neguemos capacidades o desmotivemos. Yo le dije que saltara, pero la niña se apartó y se puso a mirar al resto. Luego se acercó a mi y me cogió del brazo. Estaba tiritando de frío. Le pasé mi brazo por el hombro, intentando darle un poco de calor.

Mientras realizábamos las actividades, gente mayor se acercaba a mirar lo que hacíamos. Adolescentes también se acercaron e incluso participaron en la actividad de saltar. Luego se apartaron a jugar a fútbol. La relación entre infantes era intensa. O mucho amor o mucho odio. Se pegaban con intensidad o se abrazaban. Pero salta a la vista que la violencia es el pan de cada día.

Y el frío. DIOS! Yo tenía frío, pero sabía que volvería a mi habitación y tendría una cama caliente. Pensaba en sus noches. Cómo aguantan el invierno? Se los veía que, algunos, tenían frío. Cuando se va el sol, las temperaturas bajan mucho en Kathmandu, y se nota. Y viven en tiendas. Seguramente lo único que tienen son mantas... "Harán fuego?" me pregunté. Espero equivocarme, pero tengo la sensación que estos infantes y sus familias tienen unas noches largas, muy largas... Es horrible, y me desespera no poder hacer nada. Y saber que no son los únicos, que millones de niños en este enfermo planeta viven en estas condiciones o peores... Me destroza. 

Sé que es imposible "arreglar" este gran problema, o problemas. Desnutrición, pobreza, vivir en condiciones insalubres, no recibir educación... Tan sólo, pienso, es un gran paso tener conciencia. Tener conciencia de lo que viven estas personas, y tener conciencia de cómo vivimos nosotros. Simplemente para actuar en nuestro día a día, aunque sea por respeto. No tirar comida, no derrochar agua, no tener la calefacción al máximo e ir por casa en ropa interior. No hace falta dar una ayuda económica, no hace falta desplazarse a un lugar para dar ayuda directa y presencial. Lo mínimo que podemos dar es RESPETO. Podemos hacer mucho desde casa. Pero para eso hace falta conciencia, y es difícil llegar a tenerla cuando vivimos dentro de  una burbuja, fuera del mundo real. En nuestra zona de confort.

Sólo pido una pequeña reflexión. Empatía. Sé que nunca estaréis en un campo de refugiados viviendo en una tienda (o eso espero), pero hagámosnos una pregunta: "Cómo me sentiría yo viviendo en una tienda, compartiendo el espacio con mi familia, sin baño, sin condiciones higiénicas, sufriendo el frío, con la duda de si tendré algo para llevarme a la boca hoy, y abandonada a la vida?".

Pero cerramos los ojos. Nos da PÁNICO empatizar con personas que tienen una vida tan dura. Simplemente estos pequeños ángeles (y demonios), no han tenido la suerte de caer en nuestra nube. Debemos, entonces, olvidarlos? Esta nube fictícia en la que vivimos los del "primer" mundo, se encuentra también en el Planeta Tierra. Y es muy delicada.

Un consejo: CUIDADO.

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P.D. He extraído la imagen de internet, ya que no realizé ninguna fotografía.

martes, 8 de diciembre de 2015

Caminante no hay camino, se hace camino al andar


Perdida en la inmensidad de la nada. Caminar con un objetivo que era probable, pero no seguro. Durante el trayecto, el camino (VIDA), pueden surgir imprevistos que impidan alcanzar el objetivo. Pero lo realmente importante es INTENTARLO. Lo realmente importante es "caminar", lo importante es aquello que hacemos para alcanzar el objetivo. El problema es que muchas veces nos centramos solo en el objetivo, y no valoramos el proceso, todo lo que nos esforzamos, todo lo que experimentamos, las vivencias y aprendizajes que nos ofrece este "camino". Porque todo camino es escarpado, tiene sus obstáculos y ningún camino es fácil. Y si lo es, la satisfacción final no es tan fuerte, ya que nuestro esfuerzo tampoco nos ha llevado a la auto superación. De todas formas, el grado de esfuerzo para un mismo objetivo varía según la persona, evidentemente. Yo tardaría años en resolver una ecuación que a un matemático o matemática le llevaría horas. Pero las dos nos habremos esforzado, y ahí está lo importante.

Mientras me adentraba en medio de las montañas del Himalaya, la zona del Annapurna, pensaba en todo el camino que me quedaba. Dicen que el trayecto es de unos 8-10 días. Tenía tiempo, así que no me importaba tardar 20. "Sin prisa pero sin pausa", resonaban en mi cabeza estas palabras. La constancia es importante, no debo "matarme", sino escuchar a mi cuerpo, e ir avanzando día a día, hasta donde llegase. Paso a paso, ya sea a un ritmo más lento o más veloz, pero escuchando a mi cuerpo. Dejar que hable; al fin y al cabo, por mucho que mi mente ya quiera estar en el Annapurna Base Camp (mi objetivo), sin mis piernas, pulmones y espalda, nunca hubiera llegado. Entonces hay que intentar el equilibrio de mente-cuerpo, cuerpo-mente, y así intentar equilibrar fuerzas y motivación, sin que ninguna predomine, o, por otro lado, decaiga.

El primer día, después de acabar la etapa subiendo escaleras durante dos horas, pensaba que no podría aguantarlo. En medio de la subida me paraba, miraba para arriba y solamente veía escaleras, escaleras y más escaleras. Nunca odié tanto las escaleras. Incluso tuve ganas de llorar de rabia e impotencia. "Es que nunca llegaré a Urelli?" , "Cuándo terminarán estas malditas escaleras?". Qué decir de mis piernas? Cada gesto, cada movimiento era dolor. Y me encanta. El dolor nos hace sentir vivos. Ahí estaba el resultado del esfuerzo realizado. El esfuerzo físico. Del mental ya es otro tema. No pensé en abandonar porque ya tenía el objetivo en mente, y la ilusión de llegar al Annapurna Base Camp superaba cualquier cosa. Pero después del primer día caminando, ya sabía a qué me exponía, y qué me esperaban los siguientes... 8? 10? 12 días? Lo único que tenía claro era que sólo una lesión, o el mal tiempo me impedirían continuar mi aventura. Ni las agujetas, ni el pensar en escaleras me harían abandonar un sueño que estaba haciendo realidad.

Subir una montaña es como la gran metáfora de la vida. Subida lenta, dura, costosa. Escuchar cada respiración, sentir cada paso. Y ser consciente que ya estoy un paso más cerca de mi objetivo (en este caso lejano). Llegar a la cima (o no) y sentir esa plenitud instantánea y (en este caso) observar la belleza del paisaje que nos ofrece nuestra Madre Naturaleza, la más sabia y completa de todas las madres. La satisfacción de conseguir algo por lo que nos hemos esforzado, hemos sufrido y hemos vivido. La cuestión, creo, es no obsesionarse con la meta, el objetivo. Sino valorar el camino que hemos caminado, el esfuerzo y empeño que hemos puesto para intentar conseguirlo. Hay cumbres que nunca podremos subir hasta la cima, pero lo importante es haberlo intentado. En referencia a nuestras vidas (no al subir montañas), creo que ocurre lo mismo. Escuchemos nuestro interior, cuestionemosnos qué queremos, y hagámoslo, intentémoslo. 

El problema es caer en la desmotivación cuando vemos que algo es "difícil". Debemos ser fuertes de mente y continuar, a nuestro ritmo, pero nunca abandonar el camino, a no ser que haya causas mayores  que ya escapen del equilibrio de nuestro cuerpo-mente. Y con esto hago referencia a todos los ámbitos de nuestras vidas. Intentar, conseguir (o no), seguir, volver a intentar y así sucesivamente. Vivimos en la sociedad de la inmediatez, no valoramos aquello "bien" hecho, sino aquello que YA lo tenemos, lo rápido, ya, ya, ya, ahora! Por eso, también, muchas veces nos frustramos; porque nos proponemos una meta en un tiempo determinado, y al temporalizarlo, impedimos el "disfrutar" el camino para conseguirlo, ya que sólo pensamos en conseguirlo en tanto tiempo, o para tal día. Y, al fin y al cabo, el camino es nuestra vida, y la tenemos que disfrutar, no? 

Caminando avanzamos. Paso firme, paso constante. Como bien dice Antonio Machado: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Tradúcelo a tu vida. Camina tu vida. Crea tu camino; paralelo al tiempo, acompasado contigo mismo. Porque es lo que tienes: tu vida. Porque es lo que eres: vida.

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